SOCIALISMO GLOBAL

 
 
Me gustaría pensar en la crisis del socialismo y de los países socialistas desde el Tercer Mundo. Pensar en el socialismo como alternativa global desde allá, desde esa zona terrestre, a fines del siglo XX y en los albores del XXI.
Cuando se analiza el proceso de «reconversión» de los países de «orientación socialista» del Tercer Mundo se advierte claramente que en la inmensa mayoría de ellos cambian los objetivos centrales del desarrollo. La crisis del «socialismo real» en la Unión Soviética y en los países del Este de Europa afecta gravemente sus proyectos de crecimiento con justicia social y con soberanía comercial o financiera, así como una distribución del ingreso, una estratificación y un desarrollo social relativamente más equitativos que los de otros países del Tercer Mundo.
 
 
La restauración del capitalismo dependiente y neoliberal va muy lejos y no sólo viene de fuera. Cambia abiertamente el objetivo central de una «futura sociedad igualitaria» y el de la propia «liberación», mientras los planes de desarrollo y el mercado mismo quedan controlados por los monopolios que son otra vez los beneficiarios directos de la acumulación. Es más, las relaciones sociales de producción y de dominio se reconstituyen con el nuevo tipo de autoridad neocolonial-asociada, o de Estado supranacional, representado -entre otros- por el Fondo Monetario Internacional. El fenómeno no es poco común. Si en Cuba la deuda externa (hacia los años 90) corresponde sólo al 20% del producto nacional, en Angola alcanza el 55%, en Mozambique el 62%, en Tanzania el 67%.
Algo semejante ocurre en otros 16 países subdesarrollados que se conocían como de «orientación socialista». En la mayoría de ellos, -como en los del CAME- el endeudamiento externo impone las «políticas de ajuste» a que obligan las «cartas de intención» y los «convenios» con el FMI.
Con resistencias o aceptaciones variadas, por presiones directas del Fondo y del Banco Mundial, o de las propias burocracias y «burguesías» asociadas, e incluso por presiones o insinuaciones de la Unión Soviética, en sus últimos años, los países de «orientación socialista» del Tercer Mundo aplican una política que en todos los casos parece significar renovación de la dependencia y del capitalismo periférico neoliberal. Si en los Estados antes populistas esa política corresponde al abandono de los proyectos de «desarrollo nacional independiente», con cesión de los procesos de acumulación a la burguesía trasnacional y asociada, en los países antes llamados de «orientación socialista» corresponde también al abandono práctico del proyecto de acumulación socialista y al cambio de clase dominante o de bloque dominante, que buscó basarse en el pueblo trabajador como eje del camino al socialismo. El nuevo «bloque» corresponde a la asociación de muchos funcionarios, que antes se decían marxistas-leninistas, con las burguesías locales y trasnacionales. Los «camaradas empresarios» se vuelven «hombres de negocios» y «funcionarios modernos».
Mientras el socialismo de Estado, según ha observado Worsley, «se propone elevar los niveles de vida como su objetivo prioritario», las políticas de ajuste hacen del pago del servicio de la deuda externa un objetivo táctico, y de la restauración del capitalismo y la dependencia el objetivo estratégico. El cambio estructural se advierte con la reorientación de todas las medidas económicas a la acumulación de capital privado asociado y trasnacional, y con la transformación del trabajo en mercancía barata de los propietarios privados de los medios de producción.
 
 
Si no todos los países llamados de «orientación socialista» se encuentran al final de tan dramático proceso, todos los que negocian con el FMI reciben y aceptan, de buen o mal grado, las conocidas presiones de políticas neoliberales por las que «el extranjero» y «el capitalista» -esos personajes clásicos- retoman el control esencial de la economía. Escojamos un ejemplo: en Mozambique las desnacionalizaciones se dan desde 1979; en 1984 acaba allí el monopolio de Estado del comercio exterior para beneficio de las compañías privadas; en 1986 se liberaliza la legislación sobre inversiones extranjeras, mientras se impone un severo programa a la población, con una devaluación de la moneda que alcanza 420%, con nuevos impuestos indirectos, con alza de precios de 200 a 400%, con alza de salarios de sólo 50 a 100%; y en fin con disminución de gastos sociales del Estado…
Políticas semejantes se advierten en los demás países con gobiernos populares o socialistas, desde Nicaragua -aún antes de la derrota electoral-hasta Vietnam. Todos esos países parecen destinados a perder la guerra económico-social después de haber ganado la guerra en el campo de batalla. «Somos muy buenos generales del pueblo -dijo con sorpresa el Comandante Tomás Borge- y muy malos economistas». En realidad la política que plantearon no se propuso nunca –con excepción de Cuba- el manejo práctico del excedente por el pueblo y con prioridad a la inversión y al gasto social.
 
 
Hoy, en Vietnam la «política de ajuste» lleva a la creación de empresas privadas, a la ampliación de empresas agrícolas privadas, al «mercado libre» controlado por los monopolios, a la supresión de las subvenciones al consumo, al «adelgazamiento» del sector público, a una legislación «muy liberal» con las inversiones extranjeras… Sólo Cuba establece una «política de austeridad» que no cambia ni da visos de cambiar el signo de clase de la acumulación dominante, y que no transforma el trabajo de la inmensa mayoría de la población en mercancía sometida o por someter a las leyes de la oferta y demanda del capital… Tal vez ese sea el hecho más odioso de su rebeldía frente a un imperio que la considera parte de su zona de influencia manifiesta y que ve en la franja de mercado abierto al turismo y al mercado mundial un futuro de contradicciones que el pueblo-gobierno no podrá superar. El peligro es conocido de todos los cubanos y es enfrentado con preocupación y con éxito.
En otros casos, el fenómeno del endeudamiento externo e interno, junto con las políticas de ajuste a que conduce, significa que no sólo se ha perdido o está por perderse el proyecto socialista en muchos países periféricos, sino el de la liberación o el de la soberanía nacional frente a los grandes imperios y el capital corporativo.
Descubrir lo que pasó y lo que pasa resulta difícil y es tarea prioritaria. Explicar y prever lo que viene es aventurarse en un terreno que no por temerario deja sin embargo de constituir una preocupación muy extendida.
La política de restauración del capitalismo en los países «socialistas» desarrollados y subdesarrollados afecta todos los proyectos de liberación; amenaza tanto el legado social y nacional del antiguo «nacionalismo revolucionario» y «populista», como a los gobiernos que aún tienden a fortalecer sus posiciones con bases trabajadoras y populares. Las contradicciones del socialismo autoritario y su crisis creciente, debilitan en lo inmediato a los Estados y movimientos del Tercer Mundo que recibieron apoyo de la URSS y de otros países que ya se han pasado al capitalismo o que viven la transición al capitalismo totalitario en la economía, la tecnología, la política y el pensamiento.
 
 
Muchos estados y movimientos populares del ex-Tercer Mundo -y no sólo los socialistas- se sienten cada vez más en el desamparo, y, en todo caso, enfrentados a su suerte en una forma que no habían previsto. La ofensiva neoliberal aprovecha e impulsa las distintas contradicciones en que están envueltos. Entre esas contradicciones se encuentran las mismas del «socialismo desarrollado»: la ausencia de una organización democrática de las bases que controle el autoritarismo y la corrupción de las burocracias; la falta en los procesos de democratización de la disciplina necesaria para la lucha contra las antiguas clases expropiadas y contra el imperialismo; las enormes fallas en el aparato productivo, víctima también del autoritarismo y de la corrupción, que acaban con cualquier «plan» y con el desarrollo económico social para las mayorías. La penosa situación también se ve expresada en ideas autoritarias que miman al «marxismo-leninismo» doctrinario, y que se adaptan a «políticas realistas» de colores locales, en mezclas o saltos, que van de la «doctrina» más abstracta a la «realidad» más extravagante, sin mayor reparo epistemológico o moral.
Las contradicciones que ocurren en los ex-Estados socialistas centrales, aparecen en los periféricos a niveles de desarrollo económico y social muy inferior. No surge en las masas de éstos la esperanza de ocupar un sitio al lado de los países más avanzados del capitalismo -como en Polonia o Checoslovaquia-, pero sí existen los mismos elementos de fascinación por la sociedad de consumo que se advierten en la Europa del Este y en Rusia, y naturales deseos de expresar nuevas ideas, intereses y sentimientos en formas que entran a menudo en conflicto con las condiciones económicas y políticas objetivas, o con los dirigentes y sus hábitos de gobernar y expresarse. Incluso Cuba, donde los sistemas de participación de la población en el gobierno se amplían y practican cada vez más, sobre todo en las bases, y donde el lenguaje oficial representa en muy alto grado el interés general, surgen demandas difíciles de aceptar para la enorme red dirigente del gobierno-pueblo, o por los peligros que representan en la condición de cerco y acoso que vive la Isla -piénsese que ésta se ve obligada durante el «período especial» a cambiar sus tractores por bueyes y sus automóviles por bicicletas-, o porque corresponden a demandas minoritarias de un pluralismo político y una alternancia de cuadros que no son populares ni fáciles de implantar mientras crece el bloqueo de Estados Unidos y ya no existe la solidaridad del ex-mundo socialista; o porque exigen una información, un lenguaje, una libertad de crítica y de pensamiento muy atendibles pero que los medios gobernantes del pueblo organizado no hallan cómo ampliar sin debilitarse aunque al mismo tiempo amplían sus sistemas de consulta-decisión con las bases en el conjunto del territorio nacional, y así se fortalecen.
El caso de Cuba merece una atención especial por la inmensa capacidad de resistencia que muestra. Ésta ha dependido en mucho de «la habilidad del gobierno cubano y de la sociedad cubana para responder a las presiones internas mediante un cambio» -que con razón reclamaba Susan Jonas a principios de los noventa-. El gobierno y el pueblo mostraron una conciencia práctica y creadora de esa necesidad. Pero precisamente por haberla mostrado y porque no han cambiado el contenido de clase de la dirigencia ni del trabajo, la ofensiva mundial principal de Estados Unidos se ceba contra ellos, y hace aún más difíciles las prácticas democráticas y martianas. Estas se realizan de todos modos en una forma verdaderamente original que prioriza la democracia como poder del pueblo, y como diálogo del gobierno con el pueblo para la toma de decisiones consensuadas. En vez de buscar la necesaria democracia a través de un sistema político de partidos -con un obvio partido del pueblo y otro de la restauración- se crearon las condiciones prácticas para construir interfases dialogales -participativas, representativas y decisorias- entre el pueblo y su gobierno. Al mismo tiempo se amplió el discurso crítico y el análisis-debate y se sentaron las bases para lo que más tarde -en el año 2000- se convertiría en el proyecto de un País-Universidad. De hecho el proceso creó una «isla de neguentropía» (1) como las que quería Wiener. Cuba adquirió las características de un país-complejo empresarial y de un gobierno-pueblo. En forma sorprendente pareció convertirse en un «sistema abierto», «auto-regulado», «adaptativo» y creador con una democracia que decide sobre el uso del excedente dando prioridad a los objetivos sociales.
 
 
Las palabras-actos de Cuba deberían ser más conocidas pues constituyen la mayor experiencia histórica y cultural que se ha dado en las prácticas democráticas de la resistencia socialista y de la organización de un país-gobierno a fin de alcanzar los más altos niveles de cohesión y de coherencia ante un presente violento y un futuro incierto. Según Haroldo Dilla, un especialista conocido por su seriedad y espíritu crítico, a principios de los noventa «Cuba experimentó por varios meses el debate público más democrático en su historia. Millones de gentes en miles de escuelas, centros de trabajo y comunidades ejercieron su derecho a la crítica para proponer soluciones o dar opiniones en asuntos que iban de la vida diaria a la política pública». Se trataba de que la alternativa ante la crisis fuera un mandato práctico del pueblo. Las mesas de debate «condujeron» a una demanda por la renovación profunda del sistema dentro del marco de un compromiso permanente con los valores sociales y los valores nacionales. Que ese amplio consenso en el pensar-hacer colectivo fue una realidad no sólo se confirmó en una reforma a la Constitución que modificó casi el 60% del documento original sino al dar un importante papel de control del territorio y el gobierno a los «consejos populares» y no sólo al partido. La principal prueba de que ese acontecimiento fue una inmensa práctica democrática es la sobrevivencia de Cuba y su creciente recuperación, entre límites y contradicciones que no se ocultan ni se exageran, y que se atienden con el apoyo renovado de las bases, en medio del bloqueo del país más poderoso de la tierra. Poner a Cuba en el banquillo de los acusados por la «violación de los derechos humanos», es un acto de prestidigitación que causa estupor: los delincuentes aparecen como jueces y quien debería ser juez aparece como acusado.
En otros países, desde Angola hasta Vietnam, las contradicciones de los estados socialistas subdesarrollados son inmensas. En ellos no puede descartarse la posibilidad de una restauración neocolonial convenida, cuyos costos serán sin duda muy altos, y que retrasará aún más la lucha por un socialismo democrático.
En todo caso la situación de las fuerzas democráticas y socialistas, y la situación del proyecto democrático y socialista en el ex-Tercer Mundo y en el Mundo, parecen plantear la necesidad de una triple lucha a escala global.
 
 
1º. La defensa y solidaridad con los países y fuerzas de la Periferia del Mundo que mantienen proyectos socialistas globales o sociales -desde Cuba hasta Vietnam- y que luchan por ellos frente al imperialismo y frente a la restauración, pensando que a fin de cuentas será cada pueblo quien regule las características y tiempos de su propia y necesaria revolución democrática y socialista.
2º. El apoyo a los movimientos u organizaciones de base que en Rusia, en Europa del Este, y en los antiguos «países de orientación socialista» luchan por la propiedad pública y social, por la inversión y el gasto social, por un socialismo democrático y contra el desenfreno neoliberal del capitalismo y de los grandes monopolios privados.
3º. La lucha esencial y universal contra la explotación de los trabajadores y por la democracia, contra la explotación y la dominación de las naciones y por la democracia, contra la explotación de las etnias y por la democracia, una lucha que se articula a la que se da contra un orden que acentúa las desigualdades e irracionalidades en el uso del excedente, y que provoca y amplía la recolonización y dualización económico-social, la «exclusión» e incluso el exterminio de poblaciones «irrelevantes» o disfuncionales al sistema.
Las tres luchas parecen constituir el conjunto coherente de una estrategia que defienda al socialismo de hoy, como poder democrático, y que promueva la democracia socialista, como poder y como política. Las tres entrañan un reto esencial, implican una creación histórica: no postergar la democracia por temor a la desestabilización y no perder el proyecto socialista por el proyecto democrático. Recrear la democracia desde las bases que organizan «el mandar obedeciendo» -enarbolado en México por los zapatistas-, y que construyen la nueva historia mientras fortalecen la resistencia mediante el diálogo y el consenso.
El juego de las palabras-actos contradictorios no ha terminado. En los países del ex-Tercer Mundo, la miseria y el terror que impone la restauración neoliberal muy pronto acaban con las ilusiones de las masas -cuando las hubo-: para éstas es imposible alcanzar un futuro mejor con gobernantes subyugados por los imperios. La restauración, significa de inmediato un regreso a la explotación y a la dominación del capitalismo periférico o colonial, hoy refuncionalizado. La política de represión tiende a dominar frente a la de negociaciones y éstas, al poco tiempo, acaban en explotación acentuada de la inmensa mayoría de los trabajadores. El fenómeno se manifiesta en las intervenciones militares abiertas y encubiertas, nativas y extranjeras y en el incremento de la tributación territorial, de la deuda externa y del comercio desigual, con entrega de empresas y riquezas naturales.
Los éxitos de la contrarrevolución liberal pronto muestran sus contradicciones en el Este de Europa y en los países del ex-Tercer Mundo. No sólo contribuyen a la restauración del capitalismo sino del colonialismo y del imperialismo, hoy trasnacionales y globalizados. Se ceban sobre pueblos y trabajadores al estilo del antiguo colonialismo y del viejo imperialismo, y replantean de inmediato la necesidad de una nueva lucha por la liberación, por la democracia y el socialismo, como luchas contra la explotación de la inmensa mayoría de los trabajadores manuales e intelectuales, que al reinsertarse como mercancía reciben por igual trabajo y productividad un precio menor que el de antes y menor que el de sus contrapartes de los países centrales, con el agravante que la proporción de los excluidos, desempleados y subempleados es considerablemente mayor. La gran restauración afecta también a los países centrales en forma creciente. Con las políticas de privatización y des-regulación en los mismos reformula sus sistemas internos de mediación, represión y dominación. Con las políticas de competencia que abaten salarios y de conquista de mercados con «guerras humanitarias» y bombardeos humillantes y arbitrarios a los que llaman «operaciones de rutina» se acercan a la dinámica que llevó a la Segunda Guerra Mundial.
En todo caso, la situación internacional es incierta y tal vez se vuelva en el futuro inmediato aún más favorable a la contra-revolución liberal. Pero no se puede descartar que en las luchas futuras surja un nuevo movimiento por el socialismo, un movimiento de carácter global en que se acerquen militantes que vienen de la socialdemocracia, del leninismo y del nacionalismo revolucionario con los movimientos sociales emergentes que dan a la lucha por la democracia y el socialismo un lenguaje original y una concepción enriquecida por esa dura experiencia de que habló Frey Betto cuando dijo: «Mientras el capitalismo privatizó la propiedad y socializó los sueños; el socialismo realmente existente socializó la propiedad y privatizó los sueños».
Parece inminente -o ya está en curso- una gran renovación del pensamiento. A la cultura de las contradicciones de clase, y al análisis renovado de las que corresponden hoy al capitalismo, se añadirá la nueva cultura de las contradicciones del propio socialismo real, y entre éstas destacarán las que corresponden a la política de los ideales que acumula fuerzas y la que se reduce a una mera política de clientelas, o de grupos, o a la micro política de muchos que viven a diario lo ideal como real y ambos como valores a recrear y articular. También se impulsará en el nuevo proyecto, -según todo indica- un desarrollo especial del análisis dialéctico y de clases sin tener que legitimarlo con el pensamiento de los líderes y los clásicos. Será un análisis histórico y empírico del socialismo como alternativa política contradictoria que supera sus límites anteriores y actuales con generaciones que tienen un gran legado teórico y científico así como nuevas experiencias y nuevas esperanzas.
En todo caso, desde las más distintas posiciones geográficas e ideológicas el proyecto socialista se vislumbra hoy como multidimensional y como global.
O la lucha por el socialismo se ve como lucha por la democracia y también por la liberación, o la concepción de la misma será muy pobre. Y esa lucha, por el socialismo, la liberación y la democracia tiene que estudiarse más allá del eurocentrismo clásico o del aldeanismo tercermundista, como proyecto realmente mundial, lo que exige el esfuerzo de entenderlo desde el Sur y de rechazar cualquier idea implícita de una democracia colonial o de un socialismo con colonias, es decir de rechazar el tipo de ideas que muchas veces no explicitó el pensamiento socialdemócrata, socialista y comunista.
El legado del siglo XIX permite hoy saber que no es posible una lucha mundial por el socialismo sin luchar también contra el colonialismo y el imperialismo. El legado principal de las experiencias del siglo XX es que no es posible la lucha por el socialismo sin que esa lucha sea mundial y también por la democracia.
Hoy, en todo el globo terráqueo, la prioridad que en la nueva historia se plantea es la lucha por la democracia como poder y política, y desde ella, la de la liberación y el socialismo. Las tres constituyen, en tanto respeto a la libre autodeterminación de los pueblos, la única alternativa para la sobrevivencia del mundo.
 

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2 Responses to SOCIALISMO GLOBAL

  1. Erre A Pê says:

    sí, es verdad tio, pero algunas cosas pueden contribuir aún más con el imperialismo de E.U.A., como nuestros vecinos colombianos dando el espacio para los militares de E.U.A. para que actúen en su territorio, q futuramente puede ampliar en las americas, si no para los frenos ya que ja..saludos

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