CHE 80 Años

Justo en el día de su 80 cumpleaños, este sábado, se descubrió la primera escultura al Che en Argentina. Fue emplazada en la esquina de las calles 27 de febrero y Laprida, donde se inauguró la ‘Plaza Che Guevara’, en Rosario (noroeste), provincia de Santa Fe, ciudad y provincia gobernadas por socialistas.
"Que el Che vuelva a Rosario es el cierre de una extraordinaria parábola. Es el homenaje al hijo más emblemático de la ciudad y el más universal", dijo el alcalde rosarino Miguel Lifschitz.
 
 
 
 
 

«Soy el Che y valgo más vivo que muerto». Éstas fueron las palabras con que Ernesto Che Guevara (Rosario, Argentina, 1928) amenazó a sus captores un día antes de ser fusilado en La Higuera (Bolivia), el 9 de octubre de 1967. Aquel guerrillero acorralado no podía imaginar entonces que su muerte lo convertiría en leyenda. Menos aún que la industria capitalista iba a ser la encargada de hacer de la leyenda, mito.

Un año después de su ejecución, los estudiantes europeos ya levantaban su imagen en banderas y estandartes en sus manifestaciones; su imagen se imprimía por millones y el icono del Che resultaba rentable en todo el globo. Su odio contra el imperialismo se reciclaría en simpáticas camisetas para lucir en las High School norteamericanas y su visión ecuménica de la Revolución quedaría arrinconada por la utilización que hizo Fidel Castro de su figura como héroe oficial del régimen cubano.

No se trata de la única paradoja en la vida del revolucionario más admirado de la Historia. El Che fue un niño débil y muy delicado, enfermo de asma desde los tres años, que en lugar de ir al colegio se quedó en casa con su madre, quien sería su tutora durante toda la primaria. Cuando ingresó en la Universidad (1947), el que aún fuera Ernesto Guevara, carecía de interés por la política. De hecho, al comenzar sus célebres viajes de juventud por América Latina, más que un revolucionario, Ernesto era un guaperas desorientado cuya máxima era la seducción de mujeres hermosas, y no tanto.

Pero las escapadas que fueran la válvula de escape de un estudiante de medicina del montón, se convirtieron en un máster en realidad social de América Latina para un justiciero vocacional. Las tribus indígenas del norte de Argentina (1949) fueron el aperitivo que precedió al periplo por el continente (Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Miami) a lomos de su Norton 500 en el 51, fetiche máximo después de la película ‘Diarios de motocicleta’. Sus notas de entonces no dejan lugar a dudas sobre sus inclinaciones: «Ya siento mis narices dilatadas, saboreando el acre olor a pólvora y de sangre, de muerte enemiga».

En el 53 aterriza en México y flirtea por primera vez con la revolución y con su nueva amante Hilda Gadea, una marxista de ascendencia indígena que le presentaría al revolucionario Nico López y éste después a Fidel Castro. Tras el ‘golpe de Estado’ de la CIA en 1954, el Che se incorpora a la resistencia mexicana.
Es en un rancho de Jalisco donde se convierte en un profesional de la guerra de guerrillas gracias a un curso impartido por el coronel Alberto Bayo. Los dones naturales que había demostrado como cabecilla en aquella ‘granja-escuela’ con explosivos de verdad, aparcaron el beneficio de la duda cuando, en 1956, se convirtió en uno de los 12 supervivientes del
desembarco del ‘Granma’ en Cuba. Era ya uno de los líderes destinados a derrocar al dictador Batista.

Y de ahí a la Historia. Como hombre de confianza de Castro dirigió la batalla de Santa Clara, que oficializó el triunfo de la Revolución. Se inaugura entonces su etapa de hombre político y, con el poder en la mano, uno de sus períodos más oscuros. Como director de la cárcel de La Cabaña en La Habana (1959) es el responsable de los varios centenares de ejecuciones —menores de edad incluidos— que tuvieron lugar aquel año en el penal. Los que aún le apodan como ‘el carnicero de la Cabaña’ aseguran que disfrutaba del oficio de verdugo, aunque la mayoría de sus biógrafos insisten en que es preciso contextualizar aquellos actos en la situación del momento.

En todo caso, al Che Cuba le quedaba pequeña y a los 36 años abandonaría a su mujer, a sus cinco hijos, su cargo de ministro y su grado de comandante para liderar a una  revolución continental que no podía esperarlo más. En sus arengas dejó bien claro que matar era una disciplina revolucionaria cuyo mejor motor era el odio. Más concretamente «el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal».

De sobra sabía el Che que, igual que mataba, podría morir por sus ideas en cualquier momento. Y ese momento llegó en 1967, en Bolivia, atrapado por ‘rangers’ bolivianos entrenados por EEUU.  «¡Serénese y apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!», fue su última frase. Y el verdugo debió temblar en el último momento porque, si algo quedó claro después de aquel disparo es que ¡El Che Vive!

 

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